domingo, 8 de marzo de 2015

¡"Doma" los buses con su voz!​ *

BLANCHY RODRÍGUEZ LLEVA 20 AÑOS CANTANDO EN BUSES DE GUAYAQUIL.

Con su trabajo, esta guerrera guayaquileña ha sacado adelante a sus cinco hijos.

Blanchy sube a los buses, acompañada
 de su infaltable parlante.
Foto: Lucero Llanos
Lucero Llanos, Guayaquil
Se considera una "amazona", pero su oficio no es montar a caballo sino domar unos potros más grandes y chúcaros: los buses.
Blanchy Rodríguez, de 46 años, es cantante en los transportes urbanos de Guayaquil desde hace 20. Con su trabajo ha sacado adelante a sus cinco hijos, cuyas edades están comprendidas entre 8 y 22 años. También tiene dos nietas de su hija mayor, aunque de "abuelita" todavía no tiene la pinta. Es de baja estatura y lleva su cabello rubio intenso recogido en una coleta. Acostumbra vestir buzos oscuros de manga larga, jean ajustado y botas.
Blanchy, "La cantante" -como la conocen algunos choferes y usuarios de varias líneas de buses como la 117, la 44, la 27 o la 10-  se levanta a las 05:30 para dejar listo el desayuno y despertar a sus pequeños que aún están en etapa escolar.
Luego de ello, esta "amazona" de los buses se preprara para salir al ruedo diario.
Hace un año le diagnosticaron psoriasis; por ello debe ponerse cinco cremas antes de salir de casa. "Me demoro en aplicarme crema aquí, crema allá; y el protector solar para el día", explica sobre su rutina que incluye cremas para el cuerpo, el cuero cabelludo, la cara, una humectante y el protector solar.
"Mi filosofía de vida siempre ha sido que lo que tengas en el camino, lo coges de la mano y te lo llevas contigo. Es una enfermedad que va a estar conmigo hasta que parta de aquí, entonces la cojo de buena manera", comenta antes de salir a "cazar" su primer escenario.

AMIGO, ¿ME DEJA QUE LES CANTE?

Generalmente, antes de comenzar a trabajar, lleva a sus pequeños al colegio, donde aprovecha para conversar con otras madres de familia o profesoras. Pero como ya salieron de vacaciones, asegura que puede "dormir un poco más" y comenzar su rutina más tarde. "Soy mi propia jefa", exclama después, entre bus y bus.
Luego de salir de su casa, ubicada en el suburbio porteño, se sube al primer colectivo, aunque no para trabajar sino para avanzar unas cuadras hasta donde pasen los "escenarios pepa".
Un bus "ideal" es uno grande, pero que no va ni muy lleno ni muy vacío, algo que ha aprendido a reconocer con el tiempo.
Ya en las calles César Mosquera y Atilio Descalzi, Blanchy enciende su parlante al que le conecta un pendrive, ubica el par de pistas que interpretará, saca su micrófono del canguro negro que lleva en su cintura y lo conecta. Es su especie de "prueba de sonido", algo que todo artista hace antes de subir al escenario.
Mientras espera el bus adecuado, varios conocidos la saludan. Dice que tiene alrededor de 50 choferes "panas" que, aunque algunos no sepan su nombre, la saludan y le piden que suba. También ha hecho amistad con algunos de los usuarios frecuentes de las líneas en las que ella trabaja y revela que hay quienes la han contratado para ofrecer serenatas o cantar en algún cumpleaños o fiesta.
Una 117 frena y Blanchy le consulta si puede cantar. Luego de que el chofer aceptara, ella sube, paga su pasaje, pasa por el sensor y se enfrenta al primer público de la mañana.
"Buenos días. Hoy voy a interpretarles unas canciones", anuncia mientras el bus se mueve como un tronco en el mar.
Blanchy aplica la del surfista: un pie adelante y un pie atrás y así mantiene el equilibrio, aunque termina apoyándose sobre el respaldar de uno de los asientos.
"Yo no soy esa, que tú te imaginas. Una señorita tranquila y sencilla que un día abandonas y luego perdona...", canta Blanchy, al ritmo de Esa no soy yo, de la española Maritrini.
El bus rigue recto por Gómez Rendón y al pasar por la intersección de la calle Milagro, cambia de tema. Ven, aquí siempre estaré, de Karina, suena en la garganta de Blanchy, quien aprovecha el equilibrio de surfista para acompañar su interpretación con sus brazos.
Finalizada la melodía, hace una venia y exclama: "La damita o el caballero que desee colaborar...".
Entonces, desmonta su "escenario portatil". Desconecta el micrófono, lo devuelve a su canguro, apaga el parlante y recorre el estrecho pasillo mientras el público retribuye su música con unas monedas.
Blanchy asegura que ha recibido desde un centavo hasta billetes. "A veces no te dan no porque no quieran, sino porque no tienen. Una vez un chico le dijo a su acompañante: 'Ella es la cantante que te dije la otra vez'. De su bolsillo sacó un dólar y me dijo: 'Discúlpeme, la otra vez no tenía'", relata, sobre una de sus múltiples anécdotas.
"Gracias por apoyar al arte, la música y el sentimiento", exclama antes de despedirse de su público y bajarse, para tomar otro bus donde repitió el repertorio antes de cambiarse a cantar melodías de la fallecida Sharon pues "tienen muy buena acogida".

SACRIFICIOS y MOTIVACIONES

El sol sigue escalando hasta los más alto del cielo y la ciudad es un hervidero. Blanchy sigue cambiando de buses, siempre buscando los más adecuados. Dice que no le gusta cantar en los carros pequeños porque "son incómodos y no tienen buena acústica". "Los grandes y nuevos hasta parecen un escenario de verdad", exclama con una sonrisa que repite cada que se encuentra con un caramelero conocido. Ha visto crecer a muchos y así mismo ha visto a varios "echarse a perder".
"La necesidad es una motivación maravillosa, pero tú eres quien elige", afirma Blanchy, quien terminó el tercer año de Medicina, pero no continuó porque debía dedicarse a trabajar. Recién hace unos años renunció por completo a la idea de retomar su carrera.
Al principio, subía a cantar acompañada de un guitarrista, pero desde que este sufrió un accidente, prefirió acompañarse únicamente por un parlante portatil, que lo lleva a modo de cartera. Si hay lluvía, también "camella", aunque le toca cubrir su parlante con una funda plástica para que no se dañe.
"Con lo mínimo que me puedo ir tranquila de un día de trabajo es con $18 a $20", detalla la mujer, que trabaja en la mañana y en la tarde.
Además, Blanchy complementa su trabajo de cantante con la venta de suplementos vitamínicos de una conocida marca. Luego de hacer una pausa para adquirir dichos productos, en el centro de la ciudad, los despacha a su amigo y cliente que tiene un quiosco en Urdaneta y Quito, donde "hace base" para coger otras rutas.
Así, si toma un colectivo que se dirige hacia el Barrio Orellana y el sector de la Universidad Estatal, cambia su repertorio a canciones que tengan más acogida en ese tipo de público. "Si veo jóvenes, les canto Paulina Rubio, Shakira...", explica, después haber cambiando a las  románticas de Maritrini y Karina y a la recordadísima Sharon por la "Chica dorada" y su Lo haré por ti.

SUEÑOS

Entre subidas y bajadas, Blanchy comenta que su próximo proyecto es vender su disco, el cual saldrá en una semana y lo venderá en los mismos medios de transporte en los que trabaja. Revela que tomó esta decisión porque le habían preguntado si no había grabado y se animó a hacerlo. Además confiesa que no es solo para ayudarse económicamente sino para dar un paso más allá: "Es para dejar una huellita bonita".

*Texto original de la versión publicada el domingo 8 de marzo de 2015, en la segunda edición de Diario EXTRA, de Guayaquil, Ecuador.

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