lunes, 26 de enero de 2015

Volver a la cordura*

12 EXPACIENTES DEL INSTITUTO DE NEUROCIENCIAS SE PREPARAN PARA REINSERTARSE EN LA SOCIEDAD A TRAVÉS DEL SISTEMA DE HOGARES SUPERVISADOS​

Desde hace tres años, el hospital de la Junta de Beneficencia adecuó tres departamentos para que los usuarios puedan “ensayar” su vida después del tratamiento psiquiátrico.

Nelson es el encargado de la limpieza y mensajería de la
biblioteca, en el  Instituto de Neurociencias de Guayaquil.
Foto: Christian Vinueza
Lucero Llanos, Guayaquil
La mente humana es tan compleja como pisar por primera vez el Instituto de Neurociencias de Guayaquil y tratar de llegar hasta un determinado punto sin perderse entre los amplios corredores rodeados de árboles y los estrechos pasillos que se forman entre algunos de los edificios. Pero todo es cuestión de percepción. 
Nelson tiene 60 años y no lo siente así. Él conoce muy bien cada uno de los espacios de este lugar dedicado a tratar las enfermedades mentales.
"Ya me van a sacar. En el hogar supervisado tengo tres meses, pero en el hospital estuve 25 años", cuenta, mientras hace un alto a su trabajo en la biblioteca de la institución.
Susana Ordóñez, trabajadora social de la inmensa institución ubicada en la avenida Pedro Menéndez Gilbert, aclara que Nelson no es un paciente, sino uno de los 12 usuarios del programa de hogares supervisados, que desde hace tres años mantiene la Junta de Beneficencia de Guayaquil.
A través de este sistema, los expacientes aprenden a llevar una vida independiente fuera del hospital y se reintegran a ese mundo del que una vez se apartaron, cuando alguna enfermedad mental los tomó por sorpresa.


PASO A PASO

"Nosotros tenemos clasificados a los pacientes en niveles c, b y a. Los c son los que tienen un deterioro muy profundo, ya sea por la vejez o porque tienen un deterioro mental bastante grave, pero igual se los puede ayudar", explica Ordóñez, quien agrega que en la actualidad, a los tres hogares supervisados que hay, solo acceden los pacientes de nivel a, es decir, los que han conseguido controlar su enfermedad y que  pasan a llamarse usuarios.
Nelson, como una pequeña hormiguita laboriosa, lleva un balde en su mano y otros implementos de aseo, toca la puerta de la biblioteca, saluda y hace lo suyo. Pide las llaves de las repisas de libros, ordena las estanterías y con un trapo remueve el polvo. Es cuidadoso con cada detalle, como si se tratara de una operación de corazón abierto.
A dos bloques de ahí, Pedro se "foquea" un poco ante la llegada de la cámara de EXTRA. Él está terminando de despachar la ropa limpia a las residencias de pacientes. Agarra el bulto que tiene un sutil aroma a suavizante, lo monta en un carrito metálico y lo empuja a lo largo de los corredores, hasta llegar a su destino, donde una enfermera recibe la encomienda.
Tanto Nelson como Pedro trabajan en el hospital durante las mañanas como parte de su inducción laboral, proceso que los capacita para que puedan aprender un oficio que les permita ganarse la vida y ser útiles a la sociedad.
"Cuarto para las seis desayunamos, nos bañamos, nos arreglamos y venimos acá a las siete o siete y media. De ahí tomamos la medicina, hacemos el trabajo que tenemos que hacer aquí en inducción, de ahí almorzamos y regresamos de nuevo al hogar", explica Nelson, quien además se desempeña como mensajero.
Con medicación y tratamiento, Nelson mantiene a raya a la esquizofrenia que -según detalla Susana- un día lo llevo hasta ahí.

INDEPENDENCIA

Hugo contó que a veces le "hacen" a la cocina, aunque
últimamente prefieren comprar comida preparada.
Foto: Christian Vinueza
Por el momento, la Junta de Beneficencia tiene a su cargo tres departamentos que funcionan como hogares supervisados: dos de hombres y uno de mujeres.
Los tres están ubicados en un condominio, en el centro de Guayaquil.
"La diferencia es que acá uno anda más suelto", comenta Nelson.
Hugo, otro de los usuarios, permite que el equipo de EXTRA lo acompañe hasta el departamento que comparte con otros tres compañeros.
Sube hasta el primer piso del edificio y nos invita a pasar. 
Adentro, el espacio está bien distribuido. Sala, comedor, cocina, baño y tres dormitorios. 
En el pilar que separa la sala del comedor, hay dos hojas pegadas. En la primera, están las reglas del departamento: no fumar, no discutir con los compañeros, no dejar la puerta abierta ni permitir el ingreso de extraños, no escupir en el piso, no botar basura en las habitaciones, no dejar el televisor ni las luces encendidas, no escuchar música en alto volumen, no salir pasadas las 18:00, entre otras cosas.
La segunda hoja, en cambio, incluye las tareas que tiene cada uno de los usuarios de ese departamento.
Aunque el letrero marca otra fecha, esta semana Hugo es el encargado de la limpieza de las habitaciones. Debe barrer, trapear el piso, limpiar telarañas y limpiar los armarios, mientras sus demás compañeros se encargarán de los baños y el balcón, la sala y el comedor y del área de la cocina.
Al fondo del pasillo, nos muestra su habitación, la cual ha decorado con recortes de revistas, periódicos y otros elementos que ha reunido.
"¿Se ve bonito?", nos pregunta al entrar. 
Felipe Vaca, enfermero quien lleva trabajando 27 años en el Instituto de Neurociencias, relata que ellos se encargan de supervisar las actividades diarias de los pacientes y de los usuarios. "En el hospital, los vamos preprando cómo tienen que trabajar y comer, para que cuando ya vayan a las residencias puedan desenvolverse solos, porque es diferente", dice, haciéndome recordar las palabras de Nelson: "Uno sigue el horario para vivir afuera y ya no para vivir en el hospital".
Por eso, hay encargados que visitan a diario los tres departamentos para supervisar que todo esté en orden. 

PLANES A FUTURO

Sin embargo, dejar el hospital no es sencillo. Susana Ordóñez cuenta que muchos se han acostumbrado a la vida de hospital y que cuando regresan a los hogares supervisados, después del trabajo, solo quieren pasar durmiendo.
Asimismo, otro de los problemas que sabe que enfrentan los expacientes es conseguir actividades laborales fuera del entorno hospitalario, pues "de todas las discapacidades, (la mental) es la que menos cogen. Y eso ocurre a nivel mundial". 
"A usted le ven esquizofrenia, algún trastorno o bipolaridad en su hoja de vida y no lo cogen", recalca la trabajadora social, quien considera importante que se incluya a las discapacidades mentales como un 1% del 4% obligado por la ley.
Nelson, por su parte, espera que transcurra un año, que es lo que -según él- le falta para completar su tratamiento en los hogares supervisados. 
"Y de ahí, ¿qué?", le pregunto. Él se encoge un poco de hombros y duda antes de responder.
"Yo ya estoy de edad", sentencia, haciendo referencia a sus 60 años, antes de seguir. 
"Cuando era joven me gustaba construcción, cuando tenía 18 o 20 trabajaba en construcción", recuerda, pero luego de ello asegura que se inclina a trabajar como mesero, porque es una actividad que le gusta y que es "más liviana", de acuerdo a sus años. 
Por eso, Susana cuenta que están evaluando la posibilidad de crear algo nuevo. "Con Nelson y con algunos compañeros de él estamos viendo si hacemos una brigada de camareros y meseros, y ofertarla. Así, cuando tengamos eventos, la Junta en vez de contratar meseros, podría utilizar los servicios de esta brigada y así ellos ganarían", dice. 
De hacerse realidad, no solo cumplirían el sueño de Nelson, sino que darían oportunidades laborales a otros pacientes. 
"Nuestra meta es que Nelson, Pedro, Hugo y otros más consigan trabajo afuera para que otros puedan ocupar esos puestos. Así, los del nivel C, pueden subir al nivel B; los del B, pasan a las residencias, que son nivel A; y una vez que ellos son evaluados por psiquiatras, psicólogos y en todos los sentidos, y que todos ellos concuerden con que están listos, se puedan ir para un hogar supervisado", explica la trabajadora social.
Mientras tanto, Nelson, Pedro y Hugo siguen trabajando para reintegrarse a la sociedad y demostrarle que es posible volver a la cordura.

*Reportaje publicado en la edición del viernes 23 de enero de 2015 de Diario EXTRA, Guayaquil, Ecuador.

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