sábado, 10 de noviembre de 2012

Marcelo y el pibe de Policiales



"Creo que no podría acostumbrarme a perder el olor de una redacción, dice.
¿A qué huele?, pregunta ella. 
Bueno, antes olía a pucho, mucho pucho, a papel y tinta de las impresoras;
hoy ya no sé, pero es como si ese olor que tuvo se hubiera quedado ahí
para siempre"
Claudia Piñeiro
Betibú


En la Fiesta de Fin de Año 2011, Malecón Simón Bolívar.


Su cenicero sigue erguido en esa esquina que a fuerza de carácter supo ganarse, esperando que salga con sus inseparables Malboro blancos a contarle sus preocupaciones.

Cuando leía Betibú la semana anterior de su partida, tuve la impresión de que la vereda a la que salía Jaime Brena a fumar quedaba en el segundo piso de aquel vetusto centro comercial donde solo funcionan oficinas. Me preguntaba, también, si el medio para el que trabajamos tiene algo, poco o mucho, del El Tribuno; y si yo, por mi edad, correspondo a la generación del pibe de Policiales y por tanto, comparto algunos de sus defectos.


Hoy, la pesada puerta de metal se cierra con la fuerza de siempre pero quien regresa de la vereda no es la adaptación de Brena que hizo mi cerebro hace dos semanas. Nunca más volverá a ser él quien cierre o abra la puerta con una carcajada a punto de estallar o con un estallido y a punto de carajear a alguien.

"Lea este libro, sé que le va a encantar", le dije, cuando visitó la hacinada -y algo desordenada- mini-redacción. Y mi Betibú de la Piñeiro pasó un breve escrutinio, mientras 350 páginas intentaban guindarse de esos ojos por los que durante años pasaron infinidad de textos periodísticos y literarios. Horas más tarde, escuchaba mi hipocorístico deslizarse en su voz ronca a punto de nicotina. Una vez más, como ocurría desde hace 19 meses, me senté frente a su escritorio. Esa tarde conversamos de políticos, de historia, de filosofía y de libros. Betibú seguía en mis manos, así que le insistí que leyera la que hasta ese momento era mi parte favorita: las cuatro primeras páginas del noveno capítulo. 

Su sonrisa fue aprobatoria. Creo que recordó algo de cuando trabajaba en la redacción de un diario. Como editor, seguramente alguna vez debió decirle a alguien eso de "te falta calle", aunque en aquellos tiempos no había Google que sobrara, como asegura Brena en el libro. Quizás, alguna vez, en sus inicios, también se lo dijeron. Y, aunque nunca se atrevió a decírmelo, ambos sabíamos que eso aún me hace falta.

Esa misma tarde, en son de broma, me dijo que cierto conocido le había propuesto una candidatura a la presidencia por su partido. De la manera más lógica, le respondí que era imposible ya que apenas unas semanas atrás el político local y el banquero habían pactado cierto grado de asociación para las próximas elecciones. La chispa de la broma se diluyó en la explicación de mi intención de voto nulo y en mi desesperanza por la humanidad, a lo que respondió con una frase de Sartre: "El hombre es una pasión inútil".

***

Han pasado 11 días, 264 horas, 18.504 minutos o 1'295.280 segundos desde que recibí esa extraña noticia que aún no asimilamos y el pequeño folleto de cubierta verde sigue detrás de su escritorio, exactamente en el mismo lugar que él lo colocase aquella tarde. Fue el último regalo que le pude dar.

Dos meses atrás, le había prometido conseguirle un buen personaje para su columna semanal en La Revista. El 30 de agosto, luego de enviarle los textos para la página de Genios, le adjunté un cuestionario al estilo de los que él les pasaba a sus entrevistados. El correo decía: "Como le prometí un entrevistado de regalo de cumpleaños, le adjunto una sorpresa que hice para que se riera un poco. Espero que la disfrute (o que al menos se ría por el esfuerzo". Una hora después, recibí su llamada. "¡Me has puesto a parir! Ya la he respondido, ya te la envío", me dijo, y enseguida llegó a mi dirección de correo el siguiente mensaje: "Apreciada Lucero: Brillante cuestionario. Lo he respondido. Fue un gran regalo".

Para mí también fue un gran regalo. Él era un personaje y, sobre todo, una gran persona.

***

"No, pibe, imprimímelo, yo soy de la generación paper", decía Brena en el capítulo nueve, algo similar a lo que me había acostumbrado. MM se llevaba bien con la computadora y con los teléfonos de última generación, de hecho, lo hacía mucho mejor que otros adultos menores que él. Había comprendido un poco más rápido aquello que al personaje de la Piñeiro le tomó 3/4 de libro aprender. Pero había cosas que sí o sí debían ir en paper, entre ellas el periódico, los informes, los diseños de la página de Genios y los machotes de los productos editoriales.

Aún se me hace extraño imprimir dos páginas de diseño en lugar de las tres que acostumbrábamos.

***

MM también había construido personajes para elaborar sus propios cuentos y había tomado otros prestados para los mismos fines (o mejor dicho, para darles finales distintos). Admiraba a García Márquez y era un gran conocedor de su obra. Asimismo, semana a semana se medía el ingenio convirtiendo la difícil realidad nacional o internacional en elixir más llevadero. Una manera de tornar la inútil pasión del ser humano en algo menos inútil, que arranque sonrisas.

Desde muy pequeño había aprendido a resolver crucigramas. Si mal no recuerdo, un día me comentó que era su padre quien le había enseñado no solo a llenarlos sino a construirlos. Tenía la precisión de un cirujano para colocar el vocablo adecuado y la definición exacta en esas retículas de grandes cuadrados, todo eso en menos de una hora.

Nunca supe si este pasatiempo fue el que forjó su acervo lingüístico o si por el contrario, su empeño por dominar más y más palabras lo llevó a convertirse en un arquitecto del crucigrama. Ramón H. Macarcel era su anagrama y seudónimo para estos menesteres.

Luego, surgió su otro seudónimo, Tomás Del Pelo, con el que se hizo conocido por su ingenio, primero explorando el humor de las situaciones cotidianas; y luego, ejerciendo el humor político, género en el que se mantuvo hasta el día de su deceso. Publicó una revista, allá en los 80; y hace un año publicó un libro, Llorar al revés, que recopila sus mejores columnas desde el 2007 hasta el 2011.

***
               
"Los periodistas a partir de determinada edad no actualizan esas pequeñas fotografías que ilustran sus notas en los diarios. Los escritores tampoco las que aparecen en las solapas de sus libros", era una de las reflexiones que hacía el personaje de Nurit Iscar en Betibú.

MM actualizaba la caricatura de Tomás de acuerdo a su físico. Allá en los 80, me dicen que tenía barba y bigote negros, por lo tanto, Tomás también lo usaba así. Ahora último, Tomás, al igual que MM, usaba el cabello con ese estilo entre peinado y despeinado y esas inconfundibles gafas delante de su mirada nostálgica que parecía volverse en el tiempo a la época de Los Beatles, a sus primeros años en El Universo, a cuando trabajó en La Razón y en Vistazo, a sus memorias...

A veces, el tiempo tampoco pasa en las biografías de los periodistas y escritores. Todos los medios aseguraron que MM nos abandonó a los 62 años, cosa que no era cierta. Tenía 64, como la canción de Los Beatles. Nació en 1948, al igual que mi padre y mi tía; un 30 de agosto, al igual que dos grandes amigos a quienes quiero muchísimo. Esa imprecisión  dejó una vez más en evidencia que los periodistas ya no corroboran sus datos, situación que solíamos comentar cada vez nos reuníamos para definir temas de trabajo.
***
MM fue mi primer jefe JEFE (porque las pasantías no cuentan, lo siento con los demás). Con él aprendí a escuchar y a defender mis puntos de vista; a tomar decisiones, a ser más responsable, recursiva y a abrir mi mente. Me ayudó a enfrentarme a esos molinos de viento que nunca antes me había imaginado retar, me enseñó a tener confianza en mí, me dejó soñar.

Al igual que Jaime Brena con el pibe de Policiales, él no tuvo miedo de compartir conmigo sus conocimientos, su experiencia y su café. Fue padre, abuelo y amigo más que un jefe.

No me acostumbro a no volver a ver un correo suyo en mi bandeja de entrada. A nunca más ver su nombre parpadeando en la pantalla de mi teléfono celular. A no escuchar su característico: "¿Qué es esa huevada...?" A ver su cenicero, sin Malboro blanco. A ver la esquina vacía.

***
Al final del capítulo nueve de Betibú, Jaime Brena le preguntaba al pibe de Policiales: "Vos, ¿a quién te querés parecer?" a lo que el pibe le respondió: "No sé, nunca me puse a pensarlo demasiado, llegué al periodismo policial medio por casualidad, mis modelos vienen de otro lado".

En el capítulo veinticinco, el pibe le dice a Brena: "¿Te acordás de la pregunta que me hiciste la primera vez que empezaste a instruirme sobre periodismo policial? (...) Ahora sé. A vos me quiero parecer, a Jaime Brena".

***

Yo aún no sé exactamente hacia dónde voy, pero ahora estoy convencida que adonde estoy no llegué por casualidad. Marcelo Marchán fue mi maestro y eso para mí es y seguirá siendo siempre un gran honor. 



Anuncio en Diario EL UNIVERSO, Década del 80.
La palabra 'genio' lo acompañó a lo largo de su vida.
La entrevista de regalo de cumpleaños, 30/08/2012



No hay comentarios:

Publicar un comentario